



Gianeth Szpunar
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"Solo son prósperos quienes no quieren más de lo que tienen"
Erich Fromm
Me llamo Gianeth y soy copropietaria de Albakiara, un criadero familiar dedicado al Pastor Blanco Suizo.
Junto a Alan compartimos nuestra vida con estos perros y nos ocupamos personalmente de cada uno de ellos. En mi caso, mi trabajo está especialmente enfocado en los cachorros. Estoy presente desde el nacimiento, acompañando sus primeras semanas de vida, cuidando su alimentación, su higiene, su desarrollo y su socialización. Observo su temperamento, sigo de cerca su crecimiento y, cuando llega el momento, acompaño a cada familia para encontrar el cachorro que mejor se adapte a su estilo de vida.
También soy quien registra gran parte de su crecimiento con fotografías, mantiene el contacto con las familias y sigue de cerca la evolución de nuestros perros incluso después de que dejan el criadero. Para mí, criar no termina cuando un cachorro se va a su nuevo hogar; ese vínculo continúa durante toda su vida.
Pero mi historia con los perros empezó mucho antes de Albakiara. Empezó cuando era una nena, en un pequeño pueblo de Italia, donde era amiga de una manada de perros abandonados, y de un perro que marcó mi vida y mi corazón para siempre...
Italia: donde empezó todo
Nací en Roma, la ciudad de la Loba Capitolina. Los ciudadanos romanos, hinchas de la Roma nos llamamos "lupacchiotti" —lobeznos—, porque la loba forma parte de la historia y de la identidad de la ciudad desde la leyenda de Rómulo y Remo. Siempre me gustó pensar que, de alguna manera, los lobos estuvieron presentes en mi vida desde el principio.
Aunque nací en Roma y viví mis primeros años allí, crecí en un pequeño pueblo del centro-sur de Italia. Mi infancia transcurrió entre la escuela, los campos y una gran manada de perros que vivía en un terreno municipal frente a mi casa.
Eran perros abandonados que habían aprendido a sobrevivir juntos. El líder era Schultz, mi perro, un mestizo de Ovejero Alemán de carácter firme y una enorme nobleza. Cada seis meses, cuando Titta —la hembra dominante, negra, cruza de labrador— entraba en celo, aparecían machos de otros pueblos para disputarle el liderazgo. Schultz siempre defendía a la manada y a su territorio. Ellos cazaban los animales de granja de los vecinos, muchas veces él u otro perro volvían heridos, y a veces alguno no regresaba nunca más.
Después de la escuela, mi lugar estaba con ellos. Los conocía a todos, a cada uno les había puesto un nombre, les llevaba comida cuando podía, ayudaba a curar alguna herida y pasaba horas observándolos, jugando y aprendiendo de ellos. Para mí no eran perros callejeros. Eran parte de mi infancia, eran mis amigos y yo me sentía parte de esa manada.
Pero también aprendí muy temprano que la vida de esos animales era frágil. Algunos desaparecían de un día para otro. A veces los capturaba la perrera; otras, eran eliminados por productores rurales que buscaban proteger a sus animales. La manada llegó a tener dieciocho perros, aunque con el paso del tiempo fue haciéndose cada vez más pequeña.
Mirando hacia atrás, creo que allí empezó realmente mi vocación. Sin darme cuenta, esos perros me enseñaron a observar, a comprender su comportamiento y, sobre todo, a sentir un profundo respeto por ellos. Muchos años después, esa forma de entender a los perros terminaría convirtiéndose en Albakiara. A veces pienso que antes de criar perros de raza, primero tuve que aprender de una manada de perros sin dueño.




Una vez, incluso Schultz fue capturado. Otra vez, rozado por una bala. Y una noche volvió herido, con una cuchillada muy profunda en el costado del lomo. Yo tenía 8 años. Esa noche creí que lo perdía, pero el veterinario logró salvarlo. Por primera vez, lo dejaron recuperarse dentro de casa. Fue mágico. Yo no pude domir pensando él, lo vi acostado en el sillón —mi madre lo sabrá ahora, al leer esto—. Y yo fui a tan feliz, porque lo tenía cerca, donde siempre debió estar.
Pasadas dos semanas, ya estaba de nuevo recorriendo el barrio. Era indestructible. Un verdadero líder.
También en la misma época ayudaba a Titta con sus cachorros. Lamentablemente, muy pocas pero muy veces llegaban a adultos, la mayoría moría en el período neonatal y a los otros también se les hacía muy duro sobrevivir, les pasaba de todo. Aun así, verlos crecer, jugar, aprender, era para mí un regalo. Me pasaba horas observándolos, acariciándolos. Solo conmigo se dejaban tocar, solo yo conocía sus escondites. Me sentía Mowgli, parte de la selva, parte de ellos.
Con el tiempo, la manada fue disminuyendo: Titta, Schultz, Junior —el hijo de Titta— y Barboncino, un pequeño parecido a un caniche. Finalmente, gracias al esfuerzo de vecinos solidarios, logramos estabilizar la situación: los perros se volvieron comunitarios, con guarida oficial y comida diaria.

Vista satelital de la zona donde vivía

Pero esa tranquilidad no duró mucho. Una señora que acababa de mudarse al pueblo decidió llevarse a Barboncino, uno de los perros de la manada. Su ausencia alteró el equilibrio que existía entre ellos. Empezaron las peleas con ellas, los niños del barrio por suerte me acompañaron pero la convivencia cambió por completo.
Poco tiempo después la perrera municipal capturó nuevamente a Titta y a Junior. Esta vez los vecinos no pudimos recuperarlos. Nos cerraron las puertas y nunca más los volvimos a ver.
A los pocos días, Schultz dejó de comer. Ya no quería levantarse ni salir a recorrer el pueblo como había hecho toda su vida. Simplemente se apagó.
Yo tenía once años cuando murió mi mejor amigo.
Con él no solo perdí al perro con el que crecí desde que tenía tres años. Perdí al compañero con el que descubrí el mundo animal, el que me enseñó lo que significan la lealtad, la protección de una manada y el vínculo que puede existir entre una persona y un perro.
Mirando hacia atrás, creo que ese fue el momento en que entendí que los perros siempre iban a formar parte de mi vida.
Muchos años después nació Albakiara. Y aunque hoy crío Pastores Blancos Suizos y mi realidad es muy distinta a la de aquella niña italiana, siento que la esencia sigue siendo la misma. Cada cachorro que nace merece crecer con respeto, dedicación y amor. Esa es la forma de criar en la que creo y el compromiso que asumimos cada día.
Porque Albakiara no nació solamente de la admiración por una raza. Nació de una historia que comenzó hace muchos años, al otro lado del océano, cuando una manada de perros le enseñó a una niña lo que significa amar de verdad, y el sufrimiento que implica para un perro nacer a la intemperie, tener que cazar para comer, las terrible consecuencias que puede traer una simple herida, la violencia y la dureza que significa no tener hogar. Es un poco un consuelo para mi ver a esas mamás seguras, calentitas, bien alimentadas, y esos bebés gorditos y rozagantes que tienen todas las posibilidades en el mundo de tener una vida maravillosa por delante.
Capítulo 2: El viaje a Argentina y la primera fase – La tesis
Después de la muerte de Schultz, en casa quedó un silencio enorme. El vacío que dejó fue tan profundo que durante muchos años no volvimos a tener un perro.
En ese tiempo empecé a interesarme cada vez más por las razas caninas. Leía todo lo que encontraba sobre su historia, sus características y el trabajo para el que habían sido seleccionadas. Pasaba horas mirando exposiciones caninas por televisión y me había enamorado del West Highland White Terrier. Incluso llegué a juntar el dinero para comprar uno, convencida de que, por ser pequeño, mis padres iban a aceptar.
No funcionó. Para ellos, comprar un perro era impensable y algo inmoral.
En 1999 nos mudamos a Argentina. Después de mucha insistencia, logré convencerlos de volver a tener un perro, pero con una condición: tenía que ser adoptado. Así llegó Argus. O mejor dicho, el Dr. Argus.
Lo encontramos gracias a un cartel pegado en la vidriera de una veterinaria en el barrio de Florida. Decía: "Pastor húngaro en adopción. Tiene siete meses. Su dueña se fracturó la columna y no puede cuidarlo."
Fuimos esa misma tarde. Mi papá entró solo mientras mi mamá, mi hermana y yo esperábamos en el auto. A los pocos minutos salió con un perro blanco de pelo largo, muy flaco y temblando de miedo.
—Lo tenían en una jaula y me dijeron que casi no tenían para darle de comer.- dijo mi papá al entrar al auto.
Todavía recuerdo cómo se acurrucó entre los pies de mi mamá durante todo el viaje de regreso.
Cuando llegó a casa se escondió debajo de la mesa. Durante dos días casi no comió, no quiso salir y apenas reaccionaba a nuestra presencia. Hasta que algo cambió.
Una mañana me desperté con la sensación de que era el momento de acercarme. Me agaché despacio y le acaricié el cuello. Él no se movió. No hizo falta nada más. Ese fue el comienzo de una confianza que nos acompañó durante toda su vida.
Lo llamamos Argos, aunque terminó siendo simplemente el Dr. Argus. Tenía la costumbre de lamer cualquier lastimadura que encontraba, como si quisiera curarla. El supuesto "pastor húngaro" nunca resultó ser un pastor húngaro, pero obviamente eso jamás tuvo importancia para nosotros.
El Doctor llegó en uno de los momentos más difíciles de mi vida.
Poco después de instalarnos en Argentina nos mudamos a Colegiales, en la ciudad de Buenos Aires. Yo tenía quince años, no conocía a nadie y apenas hablaba español. Todo era nuevo: la escuela, los amigos, las costumbres, la ciudad. Es realmente dificil para alguien que vivió toda su vida en un pueblo donde todos se conocen, vivir ena ciudad tan grande con CABA.
Seis meses más tarde mis padres se separaron. Mi hermana decidió irse a vivir con mi papá. Mi mamá trabajaba todo el día y, de un momento para otro, me encontré bastante sola, o al menos eso parecía. Porque cada vez que llegaba a casa, ahí estaba el Dr. Argus esperándome.
A la mañana íbamos juntos a la Plaza Mafalda. Allí nos mezclábamos con los paseadores y sus jaurías. Yo hablaba poco, pero escuchaba todo.
Uno de ellos era adiestrador de Ovejeros Alemanes y tenía un Pastor Belga Groenendael que lo acompañaba en demostraciones increíbles. Contaba historias de competencias y de perros que habían participado en ellas. Yo no siempre entendía todo lo que decía, pero me fascinaba escucharlo.
Al mediodía iba al colegio y, a la tarde, volvíamos a la plaza. A esa hora llegaban los mismos perros de la mañana con sus familias y el ambiente cambiaba por completo. Era muy llamativo cómo cambiaban de actitud con sus tutores: desobedientes, caprichosos, divertidos, cada uno con su propia personalidad.
Allí todos nos conocíamos por nuestros perros. Éramos "la mamá de Cullen", "el papá de Milo", "la mamá de Luna". Yo era la única adolescente y más pequeña del grupo y, de alguna manera, todos terminaron cuidándome un poco.
Una noche, el Doctor salió corriendo con tanta alegría que cruzó el límite de la plaza y llegó hasta la calle. Volvió enseguida, pero justo en ese momento pasó un auto. El golpe fue seco.
Después vinieron los gritos y la gente corriendo. Yo me quedé paralizada. El papá de Luna, una Husky Siberiana, fue el primero en reaccionar. Lo levantó sin dudar.
—Hay que buscar una veterinaria.
Otra persona se sumó y entre los dos empezaron a cargarlo. El Doctor pesaba unos treinta kilos, así que nos íbamos turnando mientras corríamos por las calles buscando algún lugar abierto. Pero era de noche y estaba todo cerrado.
Finalmente conseguimos llevarlo a casa y, con mis padres, encontramos una clínica donde pudieron atenderlo.
No tenía lesiones internas, pero el golpe había desplazado la cabeza del fémur y necesitaba una cirugía. Nos derivaron al Hospital Escuela de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, donde lo recibieron de urgencia.
Por una serie de desacuerdos entre los adultos, la cirugía finalmente nunca se hizo.
Y, contra todo pronóstico, el Doctor se recuperó.
Volvió a caminar, después a correr y, con el tiempo, hizo prácticamente una vida normal. Su única secuela aparecía cuando estaba muy cansado: levantaba una de sus patas traseras al correr.
El Doctor vivió casi catorce años.
Hasta que un cáncer muy agresivo lo invadió por completo y llegó el momento de dejarlo ir.
Para entonces yo ya tenía a Kiki, su hijo. Era un cachorro intenso, cariñoso y lleno de energía. Lo amé con locura.
Y sin saberlo todavía, Kiki iba a ser el perro que me llevaría un paso más cerca de descubrir qué significaba realmente criar.


En 2007 me independicé. Empecé a rescatar animales, aunque todavía compartía departamento y las posibilidades eran bastante limitadas. Aun así, encontré la manera de ayudar.
Rescaté a Antonio, un gatito negro que terminó convirtiéndose en mi sombra. También empecé a ayudar a los perros rescatados que estaban en el Parque Los Andes, en Chacarita. Poco a poco, el rescate fue ocupando cada vez más espacio en mi vida.
En esa época me convertí en una militante fervorosa del "adoptá, no compres", un eslogan que yo ya había escuchado en Italia y que venía de EEUU. Lo decía y lo creía de verdad. Para mí, comprar un perro significaba quitarle una oportunidad a uno que estaba esperando una familia.
Las palabras "criadero de perros" me daban escalofríos.
En 2012 me mudé sola y empezó una etapa todavía más intensa. Ya no tenía las mismas limitaciones producto de la convivencia y me dediqué a rescatar todo lo que podía.
Perros, gatos... hasta un pichón de torcaza.
Quien haya criado un pichón sabe que no es una tarea sencilla. Comen constantemente, son frágiles y dependen completamente de quien los cuida. Por suerte, en la oficina conocían mi pasión y me permitían llevarlo conmigo para alimentarlo y atenderlo durante el día. Sin esa posibilidad, probablemente no habría podido hacerlo.
Dormía a ratos. Había noches en las que prácticamente no dormía. Pero no lo vivía como un sacrificio. Me gustaba hacerlo.
Creo que cuando uno siente verdadera pasión por algo, encuentra la manera.
En ese momento yo estaba convencida de que ese era mi camino: rescatar animales, ayudarlos y, sobre todo, evitar que otros terminaran abandonados.
Todavía no podía imaginar que algún día iba a convertirme justamente en aquello que entonces me provocaba escalofríos: una criadora de perros.


La llegada de Libia empezó a cambiarlo todo.
En 2011 me ofrecieron tener en tenencia a una Schnauzer Miniatura sal y pimienta. Una señora la había comprado en un pet shop de la costa, pero poco después se dio cuenta de que no podía tenerla. Se la entregó a una amiga, que tampoco podía hacerse cargo porque estaba construyendo su casa.
La idea era que alguien cuidara de Libia hasta que su dueña pudiera volver a tenerla. Y, además, quería que tuviera cachorros con su Schnauzer macho.
La historia me horrorizó.
Era exactamente todo aquello contra lo que había construido mi forma de pensar: una compra impulsiva, un animal que pasaba de una persona a otra y, en el medio, la intención de utilizarla para reproducirla.
No quería formar parte de eso.
Pero Libia no tenía ninguna responsabilidad sobre las decisiones de los adultos. Ella era la que terminaba pagando las consecuencias.
Mi pareja de entonces había perdido hacía poco una perrita de la misma raza y se entusiasmó con la idea de tenerla. Finalmente cedí.
Y Libia llegó a casa. Era maravillosa, y era mi primer perro de raza.
Su llegada despertó algo que yo creía tener bastante claro, pero que en realidad nunca había mirado desde ese lugar. Empecé investigando sobre la raza. Después quise saber más sobre otras razas. Y, casi sin darme cuenta, terminé entrando en un mundo que hasta entonces había observado desde afuera: los criaderos, las exposiciones, la selección, los pedigrees, la genética y la Federación Cinológica Internacional.
En ese momento vivía en San Cristóbal, a pocas cuadras de la Federación Cinológica Argentina. Pasaba por delante de su puerta casi todos los dpias y me quedaba mirando. Soñaba con entrar algún día y formar parte de ese mundo.
Y había algo que me llamaba especialmente la atención: sentía que esa gente se parecía a mí.
Eran perreros.
Cuanto más investigaba, más me sorprendía. La imagen que yo tenía de los criadores no coincidía con lo que estaba encontrando.
Yo había imaginado personas que simplemente tenían perros para vender cachorros. En cambio, descubrí personas que dedicaban una enorme cantidad de tiempo a estudiar y trabajar con sus animales. Hablaban de genética, anatomía, etología, comportamiento, historia de las razas y salud. Conocían sus líneas de sangre y podían pasar horas hablando de un perro, de sus virtudes y de aquello que todavía había que mejorar.
Y, sobre todo, descubrí algo que no esperaba encontrar: un amor por los perros que no era muy diferente del mío.
No era el amor espontáneo de quien simplemente quiere a su mascota. Era un amor que se había convertido en estudio, en trabajo, en observación y en responsabilidad.
Entonces empecé a recordar todos libros sobre razas que leía de niña, las exposiciones que miraba por televisión ybla fascinación que sentía cuando escuchaba hablar de perros de trabajo. El sueño que había tenido durante años de algún día tener un perro y trabajar con él.
Quizás esa parte de mí nunca había desaparecido.
Simplemente había estado esperando que volviera a encontrarla y Libia, fue mi puente para ello.

CAPÍTULO 3: LIBIA, EL COMIENZO DE LA ANTÍTESIS

“Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve. Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor. Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas nada sabe acerca de las uvas.”
Paracelso.
Pero ese sueño todavía estaba muy lejos. En ese momento estudiaba Ciencia Política en la UBA y trabajaba en un proyecto estatal. Mi vida iba por otro lado. Sin embargo, en algún lugar seguía existiendo ese sueño que nunca había terminado de desaparecer.
Seguía soñando con una raza, con un perro blanco, con un perro grande, elegante, de aspecto noble. Soñaba con un Pastor Blanco Suizo.
Lo curioso es que todavía no sabía que esa raza existía.
Una tarde de primavera de 2010 estaba con mi papá y mi sobrino en el río de Vicente López. Estábamos conversando mientras mi sobrino jugaba cuando, de repente, apareció él: un perro enorme, completamente blanco, con las orejas erguidas y rabo con forma de sable.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué te pasa? —me preguntó mi papá.
—Mirá ese perro. ¿De qué raza será?
—Parece un Husky.
—No... No tiene la cabeza ni el rabo de un Husky. Se parece más a un Ovejero Alemán.
Mi papá lo miró unos segundos.
—¿Albino?
—No.— Le respondo. —Tiene el hocico negro.—
Cuando llegué a casa fui directo a la compu y escribí en el buscador: "Ovejero Alemán blanco." Y ahí estaba: el Pastor Blanco Suizo.
Era exactamente el perro que había imaginado tantas veces sin siquiera saber que existía.
No sabía nada de la raza. No conocía sus líneas, su historia ni su carácter. Y mucho menos sabía que algún día iba a criarla.
Solo sabía una cosa: desde el momento en que vi aquel perro a orillas del río, quise tener uno igual.
Todavía faltaban algunos años para que ese sueño se hiciera realidad.
Pero, sin saberlo, acababa de encontrar la raza que iba a cambiar mi vida.

Capítulo 4: Albakiara – La antítesis
En 2015 me mudé a una casa grande en Villa Pueyrredón. Después de tantos años viviendo en departamentos, tener espacio para compartir mi vida con perros cambió muchas cosas.
Y, sobre todo, hizo posible algo que llevaba años imaginando: tener un Pastor Blanco Suizo y empezar a acercarme al mundo de las exposiciones caninas.
Todavía no sabía si quería criar. Ni siquiera sabía si algún día iba a hacerlo. Pero sí sabía que quería conocer ese mundo y dejar abierta la posibilidad. Entonces llegó Prócer, y unos meses después llegó Isis.
Con ellos empecé a vivir la experiencia de tener perros de raza desde otro lugar. Ya no era solamente el cariño por un perro. Empecé a interesarme por su estructura, su movimiento, su carácter, su pedigree, su salud y por todo lo que había detrás de una buena selección.
En 2016, Prócer y yo empezamos a ir a la escuela de adiestramiento de la Universidad de Buenos Aires. Allí conocimos a Alan y a sus Dogos Argentinos.
Alan ya tenía un proyecto mucho más definido que el mío. Tenía cuatro hembras y sabía hacia dónde quería llevar su crianza, y ya había registrado el afijo Albakiara en la Federación Cinológica Argentina.
Yo todavía estaba llena de dudas, pero verlo trabajar con sus perros me hizo pensar que quizás aquello que durante tanto tiempo había visto como un sueño lejano podía convertirse en algo real.
Mientras tanto, empecé a tomar clases de handling con una reconocida jueza de Dogos Argentinos. Quería aprender a presentar perros y prepararme para las exposiciones, pero la realidad siempre encuentra la manera de interponerse.
El trabajo, los horarios y las obligaciones hicieron que nunca pudiera llevar a Prócer al ring como había imaginado. Me había preparado para hacerlo, pero finalmente no ocurrió.
Sin embargo, todo ese aprendizaje no fue en vano. En 2017 tomé una decisión que hasta hacía pocos años me habría parecido imposible: tendría mi primera camada de Pastor Blanco Suizo.
Isis y Prócer fueron los padres de la primera camada de Albakiara.
Todavía recuerdo lo que sentí cuando nacieron. Había leído sobre reproducción, genética y crianza, había observado a otros criadores y creía estar preparada. Pero una cosa es estudiar cómo nace una camada y otra muy distinta es tenerla delante.
Esperaba que alguno de los cachorros heredara el pelo largo de sus padres, pero no ocurrió. Nacieron 5 hermosos cachorros de pelo corto.
Al año siguiente decidimos repetir la cruza. Y esta vez sí nació él: Polar. Su nombre oficial en el pedigree es Be Brave del Albakiara. No fue un nombre elegido al azar. Se lo puse para recordarme a mí misma que tenía que ser valiente.
Había llegado hasta ahí después de muchos años de pensar exactamente lo contrario a lo que quería hacer. Durante mucho tiempo había creído que criar perros era parte del problema y que yo no podría estar ni cerca de eso. Ahora estaba empezando mi propio camino y, aunque estaba feliz, también tenía dudas.
Necesitaba seguir adelante con mi sueño. Quería conocer la raza en profundidad, aprender, criar y algún día alcanzar los objetivos que me había propuesto con el Pastor Blanco Suizo. Por eso se llamó Be Brave, para recordarme que tenía que animarme a seguir ese camino y, sobre todo, a confiar en que podía hacerlo bien.
Polar desde el primer momento fue especial. Tenía una presencia que llamaba la atención, pero también una serenidad que todavía sigue teniendo. Fue el cachorro que me hizo entender que aquello que había empezado casi como un sueño podía convertirse en un verdadero proyecto. Ese, fue el comienzo de Albakiara.

Be Brave (Polar)
CAPÍTULO 5 – FILOSOFÍA PARA CRIAR: LA SÍNTESIS
No es casual que haya elegido la dialéctica hegeliana para contar esta historia.
Mi relación con los perros, y especialmente mi relación con la cría, fue un recorrido de tesis, antítesis y síntesis. No una línea recta, sino un camino lleno de contradicciones, preguntas y cambios.
Durante muchos años pensé que criar perros era inmoral, fui criada por mis padres para pensar eso. No era una opinión tibia, lo creía profundamente. Había sido rescatista, había visto animales abandonados y había construido mi manera de entender el vínculo con ellos desde el rescate y la adopción. Para mí, comprar un perro significaba contribuir a un problema que ya existía. Las palabras "criadero de perros" me producían un rechazo visceral. Sin embargo, detrás de aquella certeza siempre se filtraba algo que no sabía nombrar: una duda, una incomodidad, la sensación de que quizá estaba mirando solamente una parte de la realidad. Como un rayo de luz que se cuela en una caverna, empezaba a sospechar que detrás de aquello que tanto rechazaba había algo que todavía no conocía. Pero para descubrirlo, antes tenía que aceptar algo muy incómodo: que mi certeza podía estar construida, en parte, sobre mi propia ignorancia.
Después conocí otro mundo. Empecé a conocer criadores, a estudiar las razas, la genética, la selección, la anatomía, la salud y el comportamiento. Y descubrí que detrás de muchas personas que criaban perros había algo que yo no esperaba encontrar: el mismo interés, la misma preocupación y el mismo amor que yo había sentido siempre por ellos.
Eso no hizo desaparecer mis preguntas, al contrario, las hizo más difíciles.
Durante mucho tiempo conviví con esa contradicción. Pensé, dudé, discutí conmigo misma y volví muchas veces sobre las mismas preguntas. ¿Se puede criar sin explotar? ¿Es posible intervenir en la reproducción de un animal sin convertirlo en un objeto? ¿Dónde termina el cuidado y dónde empieza el uso?
No encontré las respuestas de un día para otro.
Pero llegué a una conclusión que hoy sigue siendo el fundamento de mi forma de criar: la reproducción no es, por sí misma, explotación. Lo que puede convertirla en explotación es la manera en que se realiza.
¿Qué significa explotar?
Alguna vez leí una frase que me quedó dando vueltas: "No hay criaderos buenos ni malos; todos son malos porque todos explotan a los perros." Yo sabía que había errores conceptuales ahí porque los perros de algún lado tienen que venir. Y como son mamíferos, lo natural y la única opción real que existe en el mundo es que nazcan de una perra, entonces ¿en qué momento ese hecho natural y necesario puede convertirse en una "explotación"?
La RAE define explotar, entre otras acepciones, como utilizar abusivamente en provecho propio el trabajo o las cualidades de alguien. Y define abusivo como aquello que implica un uso excesivo, injusto o indebido.
Entonces la pregunta dejó de ser "¿criar es explotar?" y pasó a ser otra: ¿Es posible criar sin abusar?
Si una perra es utilizada como una máquina reproductiva, si se la hace criar sin respetar sus tiempos de recuperación, si se ignoran su salud, su edad, su comportamiento o su bienestar, estamos frente a un abuso.
Pero una perra que tiene una camada después de haber sido evaluada, que recibe los cuidados necesarios, que tiene períodos adecuados de descanso y cuya salud y bienestar están por encima de cualquier decisión reproductiva, claramente no está siendo tratada de la misma manera. Y no solo eso, sino que esa es justamente la mejor forma que tiene un perro de venir al mundo. Además, no es lo mismo tener una perra para obtener cachorros que criar con una perra que, antes que reproductora, es un individuo al que tenemos la responsabilidad de cuidar.
¿Y el provecho propio?
Esta es probablemente la parte más difícil de explicar. Si alguien cría perros, es lógico preguntarse quién se beneficia de esa actividad.
El criador puede obtener un beneficio económico. La familia obtiene un compañero. Y el perro obtiene una vida que, idealmente, debería estar diseñada pensando en su bienestar.
No creo que tengamos que negar que existe una dimensión económica en la cría. Los perros comen, necesitan atención veterinaria, vacunas, estudios, instalaciones y cuidados. Criar también implica trabajo, y mucho.
Pero reducir la cría a una transacción económica es incorrecto, porque detrás de cada cachorro hay alguien que estudió, se formó y se capacitó; que invirtió tiempo, dinero, trabajo y energía para que esa vida pudiera comenzar de la mejor manera posible. Y también hay una responsabilidad que continúa después del nacimiento: conocer a cada cachorro, comprender su carácter y trabajar para encontrarle una familia adecuada, un hogar en el que pueda desarrollarse y vivir bien durante toda su vida. Y también significa seguir estando presente después: asesorar, acompañar y ayudar a sus tutores en cada etapa, porque para mí la responsabilidad sobre un perro no termina cuando cruza la puerta del criadero.
En mi caso, además, la mayor parte de lo que entra en Albakiara vuelve a Albakiara: salud, alimentación, infraestructura, formación, genética, exposiciones y, sobre todo, tiempo.
Y criar tampoco es una actividad en la que el resultado esté garantizado: hay camadas que no prosperan, montas que no producen ningún efectos, perros que resultan no ser óptimos para ser reproductores, momentos en que simplemente no se encuentran candidatos para cruzar, etc.
Quien ha criado sabe que no existe solamente la alegría de ver nacer una camada. También existe la angustia de perderla.
Y cuando eso sucede, no hay precio de venta que compense lo que se siente.
Entonces, ¿por qué criar?
Esta es la pregunta que más me hice después de haber pasado tantos años defendiendo exactamente lo contrario.
Creo que la respuesta no es solamente "porque amamos a los perros".
El amor, por sí solo, no alcanza para criar bien. También hace falta conocimiento. Hace falta criterio. Hace falta responsabilidad. Hace falta saber cuándo no criar. Hace falta poder renunciar a una camada si la salud o el bienestar de los animales indican que no es el momento. Y hace falta una razón para criar.
En mi caso, esa razón tiene que ver con la raza que elegí y con la posibilidad de contribuir, a conservar y mejorar aquello que hace especial al Pastor Blanco Suizo: su estructura, su salud, su temperamento, su funcionalidad y su capacidad de convivir con las personas.
Por eso no pienso en una camada como una cantidad de cachorros que tienen que llegar al mercado. La pienso como el resultado de una decisión que empieza mucho antes del nacimiento y que continúa durante toda la vida de cada perro.
Criar es estudiar.
Es esperar.
Es equivocarse y aprender.
Es invertir tiempo, dinero y energía sin saber exactamente cuál será el resultado.
Es alegrarse cuando todo sale bien y aceptar que, algunas veces, las cosas no salen como esperábamos.
Y también es hacerse responsable de cada vida que ayudamos a traer al mundo.
Una historia mucho más antigua que nosotros
Quizás por eso mi relación con la cría terminó llevándome nuevamente al principio de mi propia historia: a los lobos, a Schultz, a aquella niña que pasaba las tardes observando una manada de perros y leyendo libros de cinología.
La relación entre humanos y perros comenzó muchísimo antes de que existieran los criaderos modernos, las exposiciones o los estándares de raza. Durante miles de años, nuestras dos especies fueron cambiando juntas.
No sabemos exactamente cómo ocurrió aquel primer acercamiento. No sabemos quién dio el primer paso ni qué sintió aquel primer animal al acercarse al fuego de los humanos, pero sabemos cuál fue el resultado. Dos especies diferentes empezaron a compartir sus vidas. Desde entonces, los humanos hemos intervenido en la reproducción de los perros durante miles de años, seleccionando características que nos resultaban útiles o deseables. Esa selección terminó dando origen a la enorme diversidad de perros que conocemos hoy.
La cría moderna es una expresión de esa historia, aunque también trae consigo una responsabilidad que no podemos ignorar.
Porque hoy tenemos conocimientos que nuestros antepasados no tenían.
Sabemos de genética. Sabemos de enfermedades hereditarias. Sabemos de comportamiento. Sabemos que podemos seleccionar tanto para conservar virtudes como para perpetuar problemas.
Por eso, para mí, criar responsablemente no significa simplemente reproducir perros. Significa preguntarnos, cada vez, para qué estamos criando y qué estamos dejando detrás de nosotros.
Mi filosofía para criar
Mi filosofía no está escrita en piedra.
Sigue cambiando porque sigo aprendiendo. Y probablemente dentro de diez años algunas de las cosas que hoy creo serán diferentes. Pero hay algo que no ha cambiado desde aquella niña que vivía entre perros en Italia: el respeto que siento por ellos: hoy entiendo que adoptar y criar no tienen por qué ser posiciones enfrentadas.
He adoptado. He rescatado. He cuidado animales que necesitaban una segunda oportunidad. Y también crío.
Durante mucho tiempo pensé que esas dos cosas eran incompatibles. Hoy creo que pueden formar parte de una misma idea: la responsabilidad que asumimos frente a los animales con los que decidimos compartir nuestra vida.
No creo que todos los criaderos sean iguales.
Tampoco creo que todo lo que se hace en nombre de la cría o de una línea de sangre sea justificable.
Creo, simplemente, que la cría puede hacerse bien o puede hacerse mal. Y que nuestra obligación como criadores es trabajar para que cada vez haya más de lo primero y menos de lo segundo. Estamos obligados en velar por el bienestar de los perros.
Eso es lo que intento hacer en Albakiara.
Quizás por eso, después de tantos años, siento que mi historia no terminó alejándome de aquella niña que defendía a los perros abandonados, sino que me llevó de regreso a ella.
La diferencia es que ahora entiendo algo que entonces todavía no podía comprender: amar a los perros no significa necesariamente elegir una única manera de relacionarnos con ellos. Significa asumir la responsabilidad por las consecuencias de nuestras decisiones.
Y esa es, finalmente, mi filosofía para criar.